Una experiencia reveladora

A mí personalmente no me gustaba mucho el fútbol sala. Mejor corrijo: no me gustaba nada el fútbol sala. Esa es la más rotunda verdad de mi vida. Los deportes en sentido general no han tenido una gran significación. Digo esto, pero no piensen que soy el típico chico obeso que no practica ninguna actividad física. Para nada. De hecho practico atletismo con regularidad, estoy súper enganchado a las carreras de distancia o footing, como también le llaman actualmente. Pero volvamos sobre el dichoso futbol sala. Pues nada, que un buen día mis amigos del colegio me invitaron a ver un partido, porque el hermano mayor de uno de ellos estaba compitiendo contra un barrio vecino. Como a mí me encantan esas “riñas” entre los barrios, me animé a ir con el grupo en plena algarabía. No hay nada como ir con los amigos a ver un partido, aunque sea de fútbol sala. Digo esto porque antes de esta experiencia que les voy a contar, siempre me pareció un poco ridículo lo del fútbol sala, teniendo tantas canchas de fútbol en el país. No lo sé, eso de ir a sitios cerrados a jugar fútbol me parecía un poco aburrido, y además, claustrofóbico…

 

En fin, no lo sé… me inventé una película que al final no fue correspondida por la realidad vivida. Sigo con el cuento de mis amigos: llegamos al barrio vecino, con el que competíamos (sí, ya yo estaba entusiasmado y había tomado partido por un bando). Cuando llegados a la cuadra del estadio ya se sentía algarabía del público que estaba en las gradas. Ese estadio local cuenta con capacidad para 1000 personas, así que podrán imaginarse el ruido de 1000 personas gritando a viva voz al mismo tiempo. Era una verdadera locura. Yo estaba muy entusiasmado porque nunca había estado en un estadio tan grande, y en ese barrio, además, tenía amigos de la escuela primaria a los que seguramente vería en las gradas o compitiendo (quién sabe, pensé para mis adentros).

Luego de comprar refrescos y rositas de maíz para el grupo de colegas de mi barrio, nos decidimos por unas gradas cercanas y llenas de personas con pulóveres azules, como los nuestros. Eso significaba en ese contexto, que éramos del mismo bando, del mismo equipo. Una vez allí esperamos algunos minutos mientras comenzaba el partido… ¿y adivinen qué? Pues que me encontré a Elisa, el amor de mi vida… la chica más hermosa del instituto.

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